viernes, 23 de octubre de 2015

La Leyenda de Bogotá II

La improvisación

Una de las banderas de las recientes administraciones ha sido la de la superación de la pobreza. Las recientes administraciones y en especial la administración Petro se han encargado de gobernar a punta de insostenibles subsidios y a convertir a las empresas distritales en focos burocráticos al servicio de los súbditos del alcalde. La administración Petro derrocha millones en publicidad diciendo que la ciudad ayuda a los indigentes, se le debe recordar al alcalde que eso de bañar y dar un pan de vez en cuando a un indigente es maquillar la pobreza, el indigente sigue en la calle sin encontrar otra oportunidad para superarse, sigue acostado en la calle pasando frió, sigue deambulando entre el rechazo y en casos entre las drogas, la única diferencia es que ahora son indigentes un poquito más limpios, pero de ahí a un verdadera rehabilitación que genere un impacto social positivo nada de nada.

Y son muchos más los ejemplos de la improvisación en la ciudad de Bogotá, las casas arrendadas y algo decoradas que se ofrecen como los jardines infantiles nuevos que se prometieron en campana, la “peatonalización” a la maldita sea de la cerrera séptima (la cual se escribe entre comillas porque los peatones de la misma son en realidad vendedores ambulantes convirtiendo este pasaje de la ciudad en una sucursal de las calles de Bangladesh). También se debe señalar el nuevo esquema de basuras por el cual el alcalde casi pierde su puesto situación que le sirvió para valerse de victima ante una exagerada sanción. Este esquema de basuras es una contradicción a sus políticas contra la segregación, nada mas hay que ver la limpieza y el oportuno servicio de limpieza en el norte de Bogotá y compararlo con sectores como la localidad de Kennedy en donde las basuras se acumulan esperando a que la volqueta de turno pase a recoger los desperdicios. Así es, volqueta, por que pareciera que los carros nuevos son “los de mostrar” mientras en los sectores más alejados aun siguen rondando esas maquinas que dejan cualquier cantidad de líquidos a su paso.

El uso de la bicicleta

Andar en bicicleta es saludable tanto para el que la usa como para el resto de la ciudad. Cuenta la leyenda que Bogotá tuvo un alcalde al que se le fueron encima por querer incentivar el uso de la bicicleta. No, no fue Gustavo Petro, fue Enrique Peñalosa el que propuso a la bicicleta como el futuro económico y sostenible en materia de transporte, aquel alcalde al que casi crucifican por imponer un “Día Sin Carro” hoy tan alabado no solo en Colombia sino en otras partes del mundo. También fue Peñalosa, y no Petro como muchos de sus caudillistas creen hoy, el que impulsó la medida de una ciclovía nocturna para poder disfrutar de la ciudad más allá de las horas del día y el que creo cientos de ciclorutas a lo largo y ancho de la ciudad. 

Es tal la arrogancia del gobernante de turno que hasta se ha politizado el uso de la bicicleta. En vez de incentivar el uso de la misma con cultura ciudadana nos quieren vender la idea de que andar en cicla te convierte en alguien de intelecto superior, una especie de soberbia que lo único que hace es dividir. Además, el gobierno Petro quiere incentivar el uso de la bicicleta con ciclorutas en mal estado, infestadas por la inseguridad, y en donde los usuarios tienen que sortear a cuanto vendedor ambulante esté atravesado.

La Polarización 

El espectro ideológico hace del alcalde Petro un ser mesiánico similar al que tanto criticó en el congreso, ese caudillo ególatra y megalomaníaco que siente nostalgia por esa política de balcón del Palacio de San Carlos, ese ser que siente que si no es con él no es con nadie, ese líder intransigente que trata al otro como enemigo a muerte. Así la ciudad ha sucumbido a un “debate” político en el que los seguidores subsidiados y algunos intelectuales de estratos altos defienden al alcalde creyendo que la Bogotá de hoy es Londres. Entonces, pedir algo de orden te hace “fascista”, pedir algo de respeto al patrimonio se convierte en “un atropello a la libertad”, y pedir un mejor servicio de transporte masivo te convierte en “cómplice de las mafias”.

Cuenta la Leyenda que un alcalde al que tildaban de loco, Mockus, nos hizo recuperar el afecto por la ciudad sin importar nuestras banderas ideológicas. Pero es tal la arrogancia y el deseo de que prevalezca la ideología, que la actual administración ha convertido al Canal Capital en una vitrina ideológica personal y no en una herramienta de promoción de los valores de la ciudad de Bogotá. Ver el Canal Capital es encontrarse con el polo opuesto a la realidad de la calle, en donde Petro es el hada mágica de los deseos en una ciudad color de rosa. Algo así como la polarización mediática que vive Argentina en donde los medios parcializados del gobierno venden todo color rosa y en donde los medios privados, también polarizados, venden el caos en medio de las noticias de farándula.

Es tal el afán de protagonismo a nivel nacional que el “caudillo” se dio a la tarea de rescatar el Hospital San Juan de Dios. Este rescate era algo necesario, pero no era necesario hacerle la tarea al gobierno nacional más aun cuando se usa al San Juan como cortina de humo para tapar la caída del Hospital de Meissen el cual está como se recibió en 2011 sin olvidar la nueva fase del Hospital de Kennedy la cual anda estancada.

Por supuesto que aquel lector cegado por el caudillismo del alcalde Petro pensará que estas opiniones son producto de un “complot de las mafias”, pero más allá del mundo mágico del Canal Capital, mas allá de las cifras siempre benevolentes a los gobernantes, mas allá de las columnas de opinión, y mas allá de los trinos eufóricos, está el ciudadano de a pie; porque nada mejor para saber lo que pasa que salir a la calle y escuchar al peatón, al conductor, al tendero, entre otros, para saber lo que pasa y no tener que esperar a que los medios o las redes sociales nos digan que pensar. Es con el ciudadano de a pie con el que se marca la diferencia, para que aquel Gustavo con delirios de Gaitán entienda que, por ejemplo, la inseguridad y el caos no son una “percepción”, son una realidad.

Así quedamos sumergidos en una ciudad politizada, dividida ideológicamente, destruida en lo material y devastada en lo moral. Una ciudad tan lejana de aquella Bogotá de comienzos de siglo que hoy solo nos queda recordar esa ciudad leyenda y tratar de revertir la historia en las elecciones de este domingo 25 de octubre de 2015. 


Jonathan Gamboa Melo
Politólogo. Universidad Nacional de Colombia
@GamboaM87

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