No hay que ir muy lejos para recordar una Bogotá emprendedora y amable. Eran las épocas de los gobiernos Mockus–Peñalosa-Mockus, gobiernos que a pesar de sus diferencias resultaron ser magníficamente complementarios dándole a la capital la segunda oportunidad que tanto merecía. Era una Bogotá con un desarrollo en infraestructura sin precedentes, una ciudad con herramientas de convivencia antes inimaginables, una ciudad de la cual tanto “rolos” como “foráneos” podían sentirse orgullosos, y era una ciudad en donde la administración no estaba politizada, donde el fin común era Bogotá y no una ideología o un caudillo.
Por supuesto que aquella Bogotá no era perfecta, pero dejó una vara muy alta para aquel que decidiera tomar las riendas, así llegamos al tridente de Lucho-Samuel-Petro. Son más de diez años en los que Bogotá se sumió en el sectarismo y la intolerancia, y en los que nos hemos estancado dramáticamente en materia de infraestructura. En estos últimos años la alcaldía se convirtió en un fortín político que sirve de trampolín presidencial, un mandato popular que debe servir a los intereses de una ideología como la de Lucho, servir a la corrupción como la de Samuel, y servir a la improvisación de Gustavo Petro y su monologo caudillista.
Esa ciudad bella y respetuosa parece ya una leyenda. Cuenta la leyenda que existió una 'Bogotá Coqueta' en donde de una u otra forma se encontraron herramientas para educar a la ciudadanía y que esta fuera capaz de resolver sus problemas de una manera más amable, hasta existió una “Hora Zanahoria” en donde se le puso limite a la rumba con el fin de salvar vidas. También cuenta la leyenda que los bogotanos éramos capaces de respetar el patrimonio público porque lo asumimos como propio y de esa forma teníamos una ciudad agradable a la vista. Pues bien, esa ciudad ya no existe y ha sido remplazada por una decadente ciudad que apenas es un ensayo de Metrópoli.
Desde hace décadas Bogotá ha tenido graves problemas de infraestructura de los cuales sería injusto culpar de todos al gobernante de turno, pero pareciera que cada alcalde nuevo le añade más problemas a la ciudad sin encontrarle solución a los problemas que ya tiene la misma. Es por esto que Bogotá es una Metrópoli sin Metro en la que los recientes alcaldes utilizaron este medio de transporte masivo como la joya de la corona para pasar a la historia, por eso el afán del corrupto Samuel por inaugurar una simulación por computador y por eso el afán del improvisador Petro por inaugurar los diseños de lo que sería uno de los metros más caros del mundo. A los gobiernos sectarios de la izquierda no les importa lo que no hubiera sido inaugurado por ellos y por eso dejaron colapsar el sistema Transmilenio, por que no hace parte de su vitrina política. Transmilenio no hace parte del “legado” de la izquierda y por eso lo dejan morir lentamente. Su afán por casos como el Metro no reside en la urgencia de la ciudad sino en la urgencia ideológica, lo importante no es Bogotá, lo que importa es sacar pecho con su “Bogotá Humana”, nada mas sectario que eso. En esta medida existe el miedo a que el Metro de Bogotá siga estancado gracias a la intransigencia administrativa y a un afán que puede llevarnos a una obra insostenible.
Cuenta la leyenda que existía un sistema de transporte masivo en expansión, caótico en ocasiones pero, mucho ojo, decente. Transmilenio ha tocado fondo, robos a mano armada, estaciones rayadas por el “arte” del grafiti, puertas averiadas, estaciones sucias, buses sucios, vendedores ambulantes por doquier, retrasos excesivos, rutas innecesarias, colados en gavilla a los cuales no puedes denunciar para no tener que temer por tu integridad, raperos que invaden a una ciudadanía estresada con unos decibeles desproporcionados, y para completar esta decadencia están los masivos casos de acoso sexual. En conclusión se perdió el respeto, el caso Transmilenio resume claramente la pérdida de unos valores ciudadanos que habíamos recuperado con Mockus a finales del siglo pasado y además es un claro ejemplo de cómo ya no asumimos el patrimonio público como propio.
Los problemas de la ciudad no se quedan allí. La tolerancia es cero entre los ciudadanos, la inseguridad es rampante, aquel patrimonio público que algún día aprendimos a respetar a sucumbido ante el grafiti que nos venden como “arte”, que pena con los amantes del graffiti pero los “emblemas” de las pandillas locales plasmados en las paredes no son arte, tampoco lo son un “Jhorman y Lady X Siempre”.
Continuara...
Jonathan Gamboa Melo
Politólogo. Universidad Nacional de Colombia
@GamboaM87
Jonathan Gamboa Melo
Politólogo. Universidad Nacional de Colombia
@GamboaM87
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