Terminó la 30a Feria Internacional del Libro de Bogotá. Esta vez la experiencia no fue tan grata como en ocasiones anteriores. Suelo ir a la feria cada dos o tres años y lo hago como una sana costumbre para despejarme y vivir una experiencia académica y cultural, pero esta vez fue todo lo contrario. De entrada te encuentras con la ya habitual extensa fila del último domingo de la feria, y digo habitual porque ese suele ser el día al que asisto normalmente cuando se me presenta la oportunidad. También es habitual encontrar demasiada gente que también quiere vivir esa experiencia cultural, otros que quieren aprovechar ofertas y alguno que otro quiere curiosear.
Tuvimos la fortuna, junto con mi Mamá y mi sobrino, de llegar temprano y admirar el pabellón de Francia, era grande y bello pero me fui con la sensación de que había sido muy poco. Después de tanta publicidad esperaba una experiencia más majestuosa. Sí, son muy lindas las caricaturas y el pequeño cafetín que tienen allí, pero al salir del pabellón me fui con una sensación de ¿eso es todo?
Por supuesto que no todos los males de la feria son culpa de la organización, allí en el pabellón francés te empiezas a topar con ese tipo de personas que no tienen conciencia del “otro”, personas que pasan horas mirando las bellas ilustraciones allí expuestas pero sin dejar mirar a los demás, sin dejar de nombrar a las decenas de personas que posan una y otra vez para tomarse su mejor selfie mientras obstaculizan el paso de los demás. Eso era tan solo un abre bocas, de ahí en adelante todo se pondría peor.
Pabellones llenos y abarrotados de gente. Insisto, en ocasiones anteriores también he asistido el último domingo de la feria pero esta vez fue imposible. Era como entrar o salir de un Transmilenio en hora pico, gente atravesada en los pasillos para tomarse fotos o para ver durante minutos el libro que al final no iban a comprar, personas abarrotadas sobre vitrinas o estantes que no dejaban ver a los demás, gente sentada en el piso como si fuera un parque, gente que dejaba coches de bebé atravesados en cualquier lugar, en ocasiones sentía como si tuviera que hacer fila solo para poder mirar, sin olvidar los personajes cargados de paquetes que no tienen el menor cuidado en ponértelos sobre el cuerpo e incluso sobre la cara y sin olvidar tampoco a los zombies que no admiran la feria sino que están pegados a su celular, esos zombies que te encuentras en cualquier parte de la calle y que andan sin conciencia de la gente a su alrededor.
Ahora, lo de la gente es una cuestión cultural, vivimos en un país donde ya se nos olvidó hasta andar por la derecha o respetar el paso de alguien. Pero volvamos al otro gran problema, el de contenido. Los pabellones son como una especie de Deja Vu, y no lo digo por la excesiva cantidad de pabellones de la Panamericana, lo digo porque muchos de estos pabellones ofrecen lo mismo. Autosuperación, yoga, mandalas para colorear, recetas (porque ahora todos son chefs), Juego de Tronos, narcos, “paz” en Colombia, youtubers, y mucho García Márquez (es evidente el eterno legado del Nobel en nuestra cultura, pero no todo en la vida literaria de Colombia es Gabo). Tampoco puedo dejar de mencionar la excesiva dosis de Marvel y DC Comics que encontré en cada pabellón seguramente para saciar las necesidades de la generación “Bazinga”, son geniales los comics pero la moda Sheldon Cooper está arruinando este maravilloso arte.
Otro de los grandes problemas de esta feria estuvo en la poca cantidad de contenido en historia universal. Como muchos, soy un gran fanático de todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial pero ya se hace tedioso que este sea el único tema del que al parecer se puede encontrar amplio contenido, Enciclopedia de la Segunda Guerra Mundial, Enciclopedia del Tercer Reich, Historia del Fascismo, Grandes Batallas de la Segunda Guerra Mundial, Armas de la Segunda Guerra Mundial, sin olvidar que cada pabellón e incluso casi cada stand contaba con sus respectivas copias de Mein Kampf. Allí, en medio de los tumultos podías encontrar uno que otro texto de la Primera Guerra Mundial o algo sobre historia de Colombia pero algo muy breve. Siguiendo con la tendencia histórica, es muy deprimente ver que ya no son tan populares las grandes biografías de Churchill, Gandhi, Mandela, entre otros; es cierto que los tiempos cambian pero es deprimente que las “grandes biografías” de ahora sean, por ejemplo, las de los “nenés” de One Direction o las de los actores del elenco de “Crepúsculo”. También deprime, por supuesto, tener que encontrar la promoción de los libros de nuestras "celebridades" como, por ejemplo, Jota Mario o Carolina Cruz.
Hay otro aspecto en la feria que va más allá de los libros, pasan los años y te vuelves a encontrar con los mismos stands de siempre. Caricaturas, llaveros, botones, afiches de bandas musicales, manga por aquí y animé por allá, cosas muy dignas de una feria del hogar pero que nunca les he encontrado cabida en una feria del libro. Curiosamente estos stands son los que más congestiones generan y son los mismos stands que veo desde que me llevaban a la feria cuando estaba en el colegio (finales de los 90). Seguimos nuestro recorrido, ya era mediodía y el hambre apremiaba, para nuestra desgracia llovió, y cuando parecía no caber más gente empezó a ingresar mucha mas en los pabellones, no fue tiempo para almuerzo sino para un pequeño refrigerio.
Mientras escampaba seguimos allí recorriendo algunos lugares, esta vez uno con un poco más de aire, el pabellón de las universidades. Publicaciones académicas que traen a mí la nostalgia de haber pasado por uno de los campus mas bellos del país, es allí donde encontramos breves momentos de paz. En el pabellón internacional también hubo momentos de paz, el bello stand de Brasil, el didáctico stand de Alemania o inclusive el stand de la Portugal de Pessoa fueron otros de los pequeños espacios dignos de un ambiente cultural.
Ya pasada la lluvia volvimos a intentar por el almuerzo pero el esfuerzo fue en vano. Aquí te encuentras con otro problema recurrente, un área de restaurante abarrotada digna de una competencia por encontrar una mesa, es una competencia que requiere de paciencia, velocidad, y la habilidad para incomodar con miradas a la persona que ya terminó de comer para que esta desocupe la mesa rápidamente. No nos íbamos a prestar para esto ni mucho menos para comer en las escaleras como a muchos les tocó. Es indigno que entre tantas ampliaciones que hacen en Corferias nunca se esmeren por ampliar la zona de comidas y pretendan resolver todo con carpas temporales, esto es un problema de décadas.
Los tumultos continuaban y del mismo modo el Deja Vu entre los pabellones. Lo diferente estaba en la sección infantil, me acompañaba mi sobrino de 11 años con unas insaciables ganas de explorar cuanto libro y juguete pudiera encontrar, pero en medio de tantos tumultos la experiencia se hizo frustrante hasta para un niño porque debí llevarlo de un lado a otro de la mano para evitar que se perdiera entre la multitud, no hubo espacio alguno que él pudiera explorar en total libertad. Habían espacios que ofrecían cosas especiales para los niños pero el tiempo en la FILBO es muy corto para pasarlo entre filas; nos arriesgamos a hacer una, la fila para ver un pequeño stand de Star Wars; casi media hora de fila para ver un cuarto con 3 figuras de LEGO sobre la saga, figuras que acapararon los visitantes para tomarse cuanta foto se les ocurriera.
Así pasaron las horas, miraba a lo poco que se podía mirar a mi alrededor y no encontraba nada que me llamara la atención, ni siquiera una “súper” oferta que fuera irresistible. Mi Mamá, quien también nos acompañaba, tampoco se hallaba en aquel lugar, nos mirábamos con cara de decepción y hasta de angustia por el excesivo número de personas y por lo difícil que era encontrar un espacio para admirar realmente todo el material que ofrecían las distintas editoriales. Fue ella la que me hizo caer en cuenta que encontrábamos lo mismo en casi todos los stands y por eso fue que ella solo se llevó de la feria un libro sobre aves. Tal vez el único que si disfrutó algo de la feria fue mi sobrino puesto que encontró algún material de su interés a precio asequible, lo demás que él quería adquirir estaba a precios superiores a los 50mil pesos, pero lo mas triste es que lo que él quería admirar estaba cubierto por multitudes o filas que lo abarrotaban todo.
Mientras atravesábamos el mar de gente me tope con una de las pocas cosas interesantes que vi en esta feria y no tenía que ver precisamente con libros. En un pequeño stand pude encontrar billetes de todas partes del mundo. Yo, numismático aficionado, me sentí atraído por ese pequeño recinto y di con el único objeto que adquirí en esta feria, a falta de textos sobre el conflicto en la antigua Yugoslavia compré un billete de 50 Dinares de Yugoslavia del año 1985, lo mejor de todo es que lleva estampada en él la imagen del Mariscal Tito.
Fue así como llegamos al segundo piso del pabellón empresarial, creo que era el de Colsubsidio. Allí encontramos otro momento de tranquilidad pero fue gracias a que el ambiente estuvo amenizado por unos gaiteros de los Montes de María. Mientras nos deleitábamos con su música apreciamos un pequeño stand de 4-72 en el que le enseñaban a los más pequeños lo que era una postal, del mismo modo nos daban la oportunidad de enviar una postal a cualquier parte de Colombia o del mundo, mi sobrino envió una a sus padres, pero para mi desgracia no encontré recurso que me permitiera tener en ese momento la dirección de la mujer que amo y que se encuentra en tierras australes, todo mal.
Y así transcurrió este recorrido por la feria del libro, en años anteriores se me iba el día entero allí, recorriendo de extremo a extremo el lugar una y otra vez sin ganas de irme, pero esta vez fue diferente. La congestión, la monotonía y la poca oferta en historia hicieron que por primera vez en mi vida me dieran ganas de irme de allí a las pocas horas y no querer quedarme hasta que me dieran las horas de la noche. Tal vez la congestión hizo que me perdiera la oportunidad de admirar algunas joyas escondidas por ahí, pero hago parte de lo miles de colombianos que solo pueden asistir a esta feria en ese último día domingo de feria debido a que la jornada laboral no nos da para más. Por desgracia no puedo admirar las charlas y conferencias como las de Coetzee, pero lo que me entristece esta vez es más una cuestión de fondo, de asimilar que mas que una feria cultural esta feria se ha convertido en una feria comercial repetitiva y que la oferta en materia de libros se hace escasa para las miles de mentes curiosas que sentimos un afán constante de investigar. Al partir noté que por primera vez en mi vida me fui de la feria del libro sin un libro entre mis brazos. Ahí la conclusión fue sencilla, te cambio un día de estrés en la feria del libro por mediodía de tranquilidad en la Lerner o hasta en Dislectura cerca a la Jiménez.
Jonathan Gamboa Melo
Politólogo. Universidad Nacional de Colombia
@GamboaM87
