Se avecinan unas nuevas elecciones presidenciales en esta golpeada y maltratada patria que más allá de todo es nuestra. Hace algún tiempo mi amor por Colombia se renovó porque me siguió acogiendo en medio de un momento difícil de mi vida, la patria es así, es como esa madre que siempre te acogerá sin importar cuanto la hayas maltratado o humillado. Este país me abrió de nuevo las puertas sin importar lo mucho que he pasado pensando en irme. Luego me di cuenta que el problema no es ella, somos todos los que la habitamos con odio y resignación. Estas elecciones son el reflejo de lo mucho que me volvió a interesar el país pero de lo poco que me interesan sus dirigentes. Esos Vargas Lleras que más allá de los discursos son capaces de maltratar a quienes lo siguen, de esos Fajardo que hablan bonito para disfrazar lo poco que hacen, de esos De La Calle, parásitos de la política tradicional que posan de renovadores y transformadores de la nación, de esos Petro, mesiánicos vendedores de humo que hablan de amor cuando siembran odio; y de los Duque, que en realidad no son Duque, sino que son Uribe en su versión 2.0.
Son mercaderes de ilusiones. Cada 4 años se aprovechan del hambre y las demás necesidades de la gente para satisfacer sus banales aspiraciones personales. Hago parte de los que se cansaron de creerles, hago parte de los que se cansaron de ver como cada 4 años, estos tipos de ropa elegante y caravanas escoltadas nos vienen a decir que es lo mejor para el país. Me cansé, me cansé del engaño de tipos como De La Calle y Vargas Lleras, eternos cómplices del régimen. Me cansé del engaño de Duque, títere de una Colombia que ya fue, de esa Colombia que fue producto de una coyuntura la cual hay que dejar ir. Me cansé del engaño de Fajardo, el social bacano que con buenas intenciones nos puede llevar a un infierno. Me cansé de Petro, el violento del pasado que con ánimos de revancha nos quiere dar lecciones de paz y reconciliación.
No soy nadie para decirles por quien votar. Este pequeño e insignificante politólogo, sin maestría o doctorado que me hagan experto en algo, solo quiere dar una opinión sobre lo sensato que es votar en blanco. Votar en blanco, como protesta a esa falta de soluciones a los grandes problemas que tiene nuestra violada y al mismo tiempo amada patria. Una patria que ha visto a sus seres queridos matarse durante años, y por andar matándonos lo hemos perdido todo, la infraestructura, el territorio, la dignidad, y lo más importante de todo, el respeto a través del amor. Por eso muchos deciden irse, no hay razones naturales para hacerlo, pero esa dictadura del odio obliga a los que pueden a partir a tierras extrañas en busca de la justicia y la libertad que le hemos negado a este territorio.
Estas elecciones no me generan ningún entusiasmo, son patéticas, aburridas, abundantes en anécdotas banales pero escazas en contenido. Elecciones con muchos hashtags pero con pocas ideas. Elecciones con mucho humo de propuestas insostenibles pero con pocos llamados a la reconciliación y a la cordura. Este año seguramente será lo mismo, la alegría de los que ganen y la tristeza y el odio de los que pierdan. Después del 7 de agosto también será lo mismo, las quejas, la pérdida de entusiasmo, la alegría del fracaso ajeno para los que perdieron, y la desazón del fracaso propio para los que ganaron en las urnas.
Mientras seguimos divididos, sin entender lo que realmente necesita el país, muchos siguen cayendo en las mentiras de los mercaderes de ilusiones, esos que juegan con el odio, la tristeza, el hambre y la miseria de muchos. Esos mercaderes de ilusiones que hacen parte de la misma clase dirigente que vive en Rosales, Chía o en La Colina, que hacen como si se pelearan pero que son la misma mentira disfrazada de izquierda, centro o derecha. Esos mercaderes que solo se acuerdan de la gente cada 4 años y la engañan con una foto abrazando a un niño o a un anciano. Me cansé de los mercaderes de ilusiones, de los que me engañaron con infraestructura que nunca vemos, de los que me engañaron con amor que no aplican, de los que me engañaron con educación que no cambian, de los que me engañaron con salud que no curan; me cansé de esos que comercian con mis ilusiones pero luego me llenan de motivos para irme. Me cansé de los que violan a mi país y se jactan de ello como si fuera un acto heroico. Me cansé de los que juegan con el hambre de muchos para vengarse de otros. Me cansé de los que se pasan la ley por el culo o peor aún, se pasan por el culo el amor de sus compatriotas.
Hace un tiempo, cuando retomé el amor por esta patria, entendí que lo mejor era creer en los pequeños cambios. Esos cambios que están en mi poder, esos cambios que suman y se pueden gestar en un aula de clase, cambios que no juegan con las ilusiones de la gente sino que me permiten ser un verdadero servidor de alguien, así sea tan solo otro compatriota. El voto en blanco es así, es la forma de muchos para decir no les creo, no me engañarán nunca más, hago parte de la democracia desde los pequeños cambios que suman y no de los grandes cambios de estos mercaderes, cambios que disfrazan una burbuja de odio, venganza y corrupción, cambios que se quedan en nada. Al final, para mí, todos son iguales.
Es lo mismo tanto en la política como en el amor, tiene que aparecer algo verdaderamente fuerte para recobrar la esperanza, mientras eso no aparezca solo queda el amor propio. Votar en blanco para impedir que sigan traficando con nuestras ilusiones.
Jonathan Gamboa Melo
Politólogo. Universidad Nacional de Colombia
@GamboaM87

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