De Buenaventura a Caracas hay cientos de kilómetros de distancia, pero la coyuntura ha puesto a estas dos ciudades en medio de una caótica situación marcada por el oportunismo mediático. Son bien conocidos los factores de la crisis en ambas ciudades que viven en este momento en medio de una fuerte represión. En Buenaventura, la situación es un nuevo grito de auxilio por parte de un municipio abandonado no solo por parte del gobierno Santos, sino por los gobiernos de Uribe, Pastrana, Samper, Gaviria, y de ahí para atrás todos los presidentes de nuestra República. Bien es sabido que Buenaventura es una tierra rica en recursos y es uno de los puertos más importantes para el desarrollo del país, pero en pleno siglo XXI este municipio, bendecido por la majestuosa belleza del pacífico, sigue viviendo en medio de la precariedad social gracias a la negligencia de un estado eternamente centralista y corrupto. En Caracas la situación no difiere mucho en cuanto a la negligencia y la corrupción, Venezuela en sí es una tierra bendecida -o maldita- por una inmensidad de recursos energéticos que contrasta con la deplorable situación política y social que hoy en día viven sus habitantes.
No hay muchas diferencias en estos dos casos, ni siquiera en los métodos de censura. En Venezuela la censura se ejerce desde los medios de comunicación coartados desde hace mucho por el poder ejecutivo, del mismo modo, en Buenaventura la censura obedece más a un abandono histórico hacia esta ciudad por parte del sector privado que controla los medios de comunicación, históricamente Buenaventura no le importa a Caracol o RCN porque "eso queda muy lejos y no da rating". Las otras similitudes son aún más importantes y abarcan aspectos como el hambre, la crisis hospitalaria, la delincuencia, la migración constante y hasta la prostitución, aspectos bien conocidos paro que en este caso no son el punto central de esta columna. Lo que trataré de analizar en brevedad es el “impacto” mediático de esta coyuntura que se pretende resolver con hashtags.
Ya es costumbre la doble moral que aplicamos para este tipo de crisis pero aun así no deja de sorprender. No deja de sorprender como algunos condenan la represión en Venezuela pero la aplauden en Buenaventura porque “esos negros son unos vándalos”. Tampoco deja de sorprender la actitud de algunos que sí condenan la represión en esta perla del pacífico pero del mismo modo guardan silencio ante las balas y los arrestos indiscriminados de la Guardia Bolivariana. Aquí empezamos a ver que no nos importa realmente lo que sucede en Buenaventura ni en Caracas, hemos ajustado la coyuntura de acuerdo a nuestros intereses políticos con tal de satisfacer nuestra necesidad de protagonismo mediático. Los estamos usando, usamos a los que viven en medio de la miseria solamente para hacer ver mal al gobierno, usamos a los caen ante las balas y los gases solo para hacer ver mal a la dictadura del país vecino.
Hoy en día todos clamamos por un #SOSVenezuela o por un #SomosPacífico, pero más allá de eso en realidad no nos importa. Un hashtag solo sirve para llamar la atención, pero del dicho al hecho hay mucho trecho y es por esto que más allá del impacto mediático nuestras vidas siguen como si nada. Son muy pocos los que están plantados en la embajada de Venezuela clamando por la situación del país vecino, y somos menos los que deberíamos estar en las plazas exigiendo por nuestros compatriotas del pacífico. En realidad solo les importa a ellos, a los que lo viven de primera mano, a los que subsisten sin agua potable en Buenaventura, a los que ven un majestuoso puerto contrastado con unas pírricas carreteras, a los que tratan de salir adelante mediante expresiones culturales como Herencia de Timbiquí y tantos otros que han podido brillar a pesar del abandono a su región y que han encontrado en la cultura el camino correcto para superar la pobreza y la delincuencia. En ocasiones, hasta pareciera que nos importara un poco más, pero solo un poco más, lo que sucede en Venezuela pero es más por ver que los venezolanos están llegando y nos cuentan sus experiencias de primera mano, esos venezolanos a los cuales les prestamos más atención seguramente por no ser “negros” o por no estar aparcados en las aceras de las ciudades. La intención no es poner a una situación en contra de la otro, ni poner a una población en contra de la otra pero, de hecho, el impacto mediático nos hace sentir que Caracas estuviera más cerca que de Buenaventura.
Y así será el resto de los días, hasta que el desgaste nos haga olvidar Caracas con una nueva constitución amañada y hasta que el Gobierno “enrede” a los habitantes del bello puerto del mar con promesas de una vida mejor a cambio de favores electorales para el 2018, favores que deberán pagar a cambio del paro que se acaba de levantar. Dos ciudades, dos realidades similares, un destino similar, el oportunismo mediático que lleva siempre olvido. Es lamentable que estos llamados de atención sirvan de poco, que una crisis coyuntural, como en Buenaventura, o un desastre natural, como en Mocoa o en Bahía Solano, sean las únicas formas que tengamos para recordar estos lugares apartados del país que muchos ni siquiera saben ubicar en el mapa. Y sí, más allá de lo triste que pueda ser la situación en Venezuela, es triste que sintamos más cerca a Caracas que a cualquier municipio apartado de nuestras grandes ciudades.
Jonathan Gamboa Melo
Politólogo. Universidad Nacional de Colombia
Twitter/instagram: @GamboaM87
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